Josué 12:17 (RV1960)
El rey de Tapúa, otro; el rey de Hefer, otro;

A lo largo de la serie “Derrotando Reyes”, hemos comprendido que los reyes mencionados en la conquista de Israel no solamente representan acontecimientos históricos relacionados con la posesión de la tierra, sino que también nos permiten observar principios espirituales que podemos aplicar a nuestra vida.

Cada rey representa una realidad que debe ser enfrentada y sometida para que el pueblo de Dios pueda avanzar hacia aquello que el Señor ha preparado.

En esta ocasión llegamos al rey de Tapúa. El nombre Tapúa está relacionado en el material con la idea de “ciudad de manzanas o de frutos” y “fuente de la manzana o de la hinchazón”. También aparecen conceptos estrechamente relacionados con el fruto: “hacer olvidar” y “doblemente fructífero”.

Esto nos conduce a una verdad espiritual muy importante: Dios no solamente quiere que avancemos; quiere que nuestra vida produzca fruto.

Juan 15:8 (RV1960)
En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.

La gloria del Padre se manifiesta cuando sus hijos llevan fruto. No se trata solamente de comenzar bien, sino de permanecer en Cristo, crecer, madurar y producir aquello que glorifica a Dios.

El desafío de este estudio es preguntarnos: ¿Qué cosas están intentando detener el fruto que Dios quiere producir en nuestra vida?

Josué 12:17 (RV1960)
El rey de Tapúa, otro; el rey de Hefer, otro;

TAPÚA

“CUIDAD DE MANZANAS O DE FRUTOS”

“FUENTE DE LA MANZANA O DE LA HINCHAZÓN”

Un árbol no demuestra su naturaleza solamente por su apariencia. Finalmente, el fruto manifiesta lo que hay en él.

De la misma manera, nuestra vida espiritual termina manifestándose mediante nuestros frutos.

Podemos hablar de fe, congregarnos, servir, cantar, predicar y participar en diferentes actividades; pero Dios también busca que nuestra vida produzca fruto.

TAPÚA Y LA HERENCIA

Josué 17:8 (RV1960)
La tierra de Tapúa fue de Manasés; pero Tapúa misma, que está junto al límite de Manasés, es de los hijos de Efraín.

Aquí encontramos algo interesante: la tierra de Tapúa aparece relacionada con Manasés, mientras que la ciudad de Tapúa pertenecía a Efraín.

El material destaca dos expresiones:

MANASÉS: “HACER OLVIDAR”

EFRAÍN: “DOBLEMENTE FRUCTÍFERO”

Esto nos permite observar un principio espiritual: hay cosas que Dios quiere que dejemos atrás para que podamos avanzar hacia una vida fructífera.

Génesis 41:51 (RV1960)
Y llamó José el nombre del primogénito Manasés; porque dijo: Dios me hizo olvidar todo mi trabajo, y toda la casa de mi padre.

Génesis 41:52 (RV1960)
Y llamó el nombre del segundo, Efraín; porque dijo: Dios me hizo fructificar en la tierra de mi aflicción.

Hay temporadas que debemos dejar atrás para poder entrar en temporadas de mayor fruto.

No significa borrar de nuestra memoria todo lo vivido. Significa permitir que Dios sane nuestro corazón de aquello que todavía controla nuestras emociones, decisiones y relaciones.

Hay personas que desean fruto nuevo, pero siguen viviendo emocionalmente en una temporada antigua.

Quieren avanzar, pero siguen alimentando heridas. Quieren servir, pero siguen cargando resentimientos. Quieren ver crecimiento en su familia, pero continúan reproduciendo los mismos patrones.

Quieren experimentar algo nuevo de Dios, pero continúan mirando constantemente hacia atrás. Por eso necesitamos permitir que Dios trate nuestro corazón.

EL FRUTO QUE GLORIFICA A DIOS

Juan 15:8 (RV1960)
En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.

Jesús no dijo simplemente “que llevéis fruto”, sino: “que llevéis mucho fruto”.

El Señor desea crecimiento, madurez, transformación y productividad espiritual.

El fruto no es solamente una actividad externa. El verdadero fruto comienza en el interior y termina manifestándose exteriormente.

Una persona que está siendo transformada por Dios comienza a manifestar amor, perdón, misericordia, paciencia, fidelidad, dominio propio, servicio, generosidad, humildad y obediencia.

El fruto demuestra que existe una relación viva con Cristo.

SARA: CUANDO DIOS HACE FRUCTIFICAR LO QUE PARECÍA ESTÉRIL

Génesis 11:30 (RV1960)
Mas Sarai era estéril, y no tenía hijo.

La situación era evidente: Sara era estéril. Humanamente hablando, no existía fruto. Pero la esterilidad no era el final de la historia.

Génesis 17:15 (RV1960)
Dijo también Dios a Abraham: A Sarai tu mujer no la llamarás Sarai, mas Sara será su nombre.

Génesis 17:16 (RV1960)
Y la bendeciré, y también te daré de ella hijo; sí, la bendeciré, y vendrá a ser madre de naciones; reyes de pueblos vendrán de ella.

SARAI: CABEZA – JEFE – DOMINANTE – PRINCESA

SARA: DAMA – SEÑORA – MUJER NOBLE – REINA

Dios cambió la identificación de Sarai a Sara y estableció sobre ella una palabra relacionada con su propósito.

Nuestra condición presente no necesariamente determina nuestro futuro en Dios.

Sara veía esterilidad. Dios veía naciones. Sara veía imposibilidad. Dios veía cumplimiento. Sara veía ausencia de fruto. Dios veía una descendencia.

Hay temporadas en las cuales nosotros solamente vemos lo que no tenemos, mientras Dios está mirando aquello que todavía va a producir.

REBECA: ORAR HASTA QUE LLEGUE EL FRUTO

Génesis 25:21 (RV1960)
Y oró Isaac a Jehová por su mujer, que era estéril; y lo aceptó Jehová, y concibió Rebeca su mujer.

Aquí encontramos un principio fundamental: la esterilidad no hizo que Isaac dejara de orar.

Isaac oró. Dios escuchó. Rebeca concibió. La respuesta llegó.

REBECA: “ENCADENAR CON BELLEZA”.

Existen situaciones que no cambian mediante desesperación, presión humana o frustración, sino mediante dependencia de Dios.

La familia necesita aprender nuevamente a orar. Los matrimonios necesitan aprender a orar. Los padres necesitan orar por sus hijos. Los líderes necesitan orar por las personas que Dios les ha confiado. Y la iglesia necesita orar por aquello que todavía no ha visto manifestarse.

RAQUEL: NO PERMITIR QUE LA FRUSTRACIÓN NOS DESTRUYA

Génesis 30:1 (RV1960)
Viendo Raquel que no daba hijos a Jacob, tuvo envidia de su hermana, y decía a Jacob: Dame hijos, o si no, me muero.

La frustración de Raquel llegó a un punto extremo. Ella comenzó a compararse con otra persona. Su hermana tenía algo que ella deseaba. La comparación produjo dolor. Y el dolor comenzó a gobernar sus palabras.

Cuando una persona comienza a medir su vida comparándola con la vida de otros, puede dejar de agradecer lo que Dios ya le ha dado y comenzar a vivir obsesionada con aquello que todavía no posee.

Génesis 30:2 (RV1960)
Y Jacob se enojó contra Raquel, y dijo: ¿Soy yo acaso Dios, que te impidió el fruto de tu vientre?

Hay cosas que solamente Dios puede producir. No podemos fabricar espiritualmente aquello que solamente Dios puede generar.

Debemos hacer nuestra parte, pero también debemos aprender a esperar en Dios.

ANA: TRANSFORMAR EL DOLOR EN UNA CONSAGRACIÓN

1 Samuel 1:11 (BLS) (RV1960)
y le hizo esta promesa: «Dios todopoderoso, yo soy tu humilde servidora. Mira lo triste que estoy. Date cuenta de lo mucho que sufro; no te olvides de mí. Si me das un hijo, yo te lo entregaré para que te sirva sólo a ti todos los días de su vida. Como prueba de que te pertenece, nunca se cortará el cabello».

Ana no solamente pidió un hijo. Ana presentó su deseo delante de Dios y lo conectó con una entrega.

“Si Dios me da fruto, ese fruto le pertenecerá a Él.”

Este es un principio que debemos recuperar. ¿Por qué queremos que Dios nos bendiga? ¿Por qué queremos crecimiento? ¿Por qué queremos prosperidad espiritual? ¿Por qué queremos que nuestros hijos prosperen? ¿Por qué queremos ministerios fructíferos?

La respuesta debe ser: Para que Dios sea glorificado.

El fruto que viene de Dios debe regresar a Dios.

LOS FRUTOS

LOS FRUTOS

SARA = ISAAC

REBECA = JACOB

RAQUEL = JOSE

ANA = SAMUEL

Estos ejemplos nos muestran algo extraordinario: detrás de cada fruto hubo una historia.

Sara tuvo que atravesar una temporada de esterilidad. Rebeca tuvo que atravesar una temporada de espera. Raquel tuvo que atravesar una temporada de frustración. Ana tuvo que atravesar una temporada de dolor.

Pero ninguna de esas temporadas tuvo la última palabra.

Dios produjo fruto.

Y cuando Dios produce fruto, ese fruto puede trascender generaciones.

Isaac fue fruto de la promesa. Jacob llegó a ser parte de la historia de Israel. José llegó a ser instrumento de preservación para su familia. Samuel llegó a ser profeta y juez sobre Israel.

Nunca debemos despreciar una semilla. No debemos menospreciar una oración. No debemos menospreciar una lágrima. No debemos menospreciar una temporada de espera.

Dios puede tomar algo que aparentemente no tiene fruto y convertirlo en una fuente de bendición para muchas personas.

EL HUERTO DEBE PRODUCIR FRUTO

Cantares 4:16 (RV1960)
Levántate, Aquilón, y ven, Austro; Soplad en mi huerto, despréndanse sus aromas. Venga mi amado a su huerto, Y coma de su dulce fruta.

La imagen del huerto nos ayuda a comprender que Dios desea encontrar fruto.

Un huerto no existe solamente para verse bonito. Existe para producir.

La vida cristiana tampoco existe solamente para tener apariencia religiosa. Dios quiere encontrar fruto.

Quiere encontrar amor donde antes había resentimiento. Perdón donde antes había rencor. Misericordia donde antes había dureza. Fe donde antes había temor. Obediencia donde antes había rebeldía. Generosidad donde antes había egoísmo. Servicio donde antes había indiferencia. Madurez donde antes había inmadurez.

¿QUÉ DEBEMOS DERROTAR EN EL REY DE TAPÚA?

  1. La esterilidad espiritual. No debemos conformarnos con permanecer siempre en el mismo nivel espiritual. Dios quiere crecimiento.
  2. La frustración. Raquel nos enseña que la frustración puede afectar nuestras palabras, relaciones y emociones. No permitamos que una espera nos haga perder nuestra paz.
  3. La comparación. No debemos medir nuestro propósito utilizando la vida de otra persona como regla. Dios tiene un proceso diferente para cada uno.
  4. El dolor no tratado. Ana sufrió profundamente, pero llevó su dolor delante de Dios. El dolor debe convertirse en oración, no en amargura.
  5. El pasado. Manasés nos recuerda la importancia de permitir que Dios sane aquello que quedó atrás. No podemos caminar hacia adelante si constantemente vivimos atrapados en lo que ya pasó.
  6. La falta de permanencia. Jesús enseñó que el fruto está relacionado con nuestra relación con Él. No se puede producir fruto espiritual permanente separados de Cristo.

 

  • El rey de Tapúa nos lleva a confrontar una pregunta fundamental:

¿ESTÁ NUESTRA VIDA PRODUCIENDO EL FRUTO QUE DIOS ESPERA?

La Palabra nos presenta personas que atravesaron temporadas en las que aparentemente no existía fruto.

Sara era estéril. Rebeca era estéril. Raquel sufría por no tener hijos. Ana lloraba profundamente por su condición.

Pero ninguno de esos escenarios pudo cancelar el propósito de Dios.

Dios produjo fruto donde parecía imposible.

Por eso, quizá hoy alguien esté mirando su vida y diciendo: “No estoy viendo fruto”. Pero la ausencia de fruto visible en una temporada no significa que Dios haya abandonado el proceso.

Quizá estás atravesando una etapa de preparación. Quizá Dios está tratando tu corazón. Quizá está sanando una herida. Quizá está enseñándote a esperar. Quizá está quitando algo del pasado para llevarte a una nueva temporada.

Lo importante es no abandonar la presencia de Dios durante el proceso.

El enemigo quiere utilizar la esterilidad, la frustración, la comparación, el dolor y el pasado para detener nuestra productividad espiritual.

Pero debemos derrotar al rey de Tapúa. Debemos permitir que Dios sane nuestro corazón. Debemos permanecer en Cristo. Debemos seguir orando. Debemos seguir creyendo. Debemos seguir sirviendo. Debemos seguir sembrando.

Porque el propósito de Dios no termina en nosotros.

El fruto que Dios produce en nuestra vida puede convertirse en bendición para nuestra familia, nuestra congregación y las generaciones que vienen detrás.

Que podamos llegar delante del Señor y decir: “Señor, haz de mi vida un huerto donde Tú puedas encontrar fruto.”

Que nuestras familias sean fructíferas. Que nuestros matrimonios sean fructíferos. Que nuestros hijos sean fructíferos. Que nuestros ministerios sean fructíferos. Que nuestra congregación sea fructífera.

Y, sobre todas las cosas, que nuestro fruto glorifique al Padre.

 

Juan 15:8 (RV1960)
En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.

Juan Carlos Pedroza Betancour

Pastor General, Iglesia de Cristo Restauración